il giusto prezzo

Data Mon 21 January 2008 8:00 | Categoria: economia di solidarietà


[fulmini – Istanbul, Ragazzino turco al Gran Bazar, 16 gennaio 2008]

Nasce oggi una rubrica aperiodica dal titolo 'economia di solidarietà'. Il suo autore è Luis Razeto M., amico del cuore e complice intellettuale: ciò che ho scritto intorno a Gramsci ed a Gesù sul blog-rivista è originato da una ricerca comune.

Pubblico il primo post di Luis nel suo spagnolo originario, non essendo in condizione di farne un’ottima traduzione, ma anche per incontrare tra i lettori chi è capace di tanto. Fra le traduzioni che mi giungeranno (lexandra@libero.it) pubblicherò la più “precisa”, per dirla con Venises. (1) Intanto, questo testo lo si può leggere in spagnolo, e ricavarne una prima impressione. Non è un testo breve. Preferisco testi brevi nel blog-rivista, ma a qualcosa servono pure le eccezioni, no?

Fulmini

(1) E' giunta già - a due ore di distanza dalla pubblicazione del post in spagnolo- una sua buona traduzione in italiano, opera di un generoso coautore. La pubblico senz'altro, di seguito al testo in spagnolo.



APORTES A LA REFLEXIÓN SOBRE "PRECIO JUSTO".

Hay un enfoque –que llamaremos economicista- que sostiene que los precios de los bienes y servicios, así como el de los factores productivos, son fijados por el mercado, en forma automática, independientemente de la voluntad de las personas, en base a leyes objetivas entre las cuáles son determinantes las de oferta y demanda, la eficiencia y la competencia. Productores, consumidores, comerciantes, intermediarios, todos buscan maximizar su propia utilidad, y en consecuencia el mercado en que participan todos, le pone a cada uno los límites a su ambición y a sus posibilidades de beneficiarse de más altos o menores precios de aquello (productos, trabajo, dinero, etc.) que venden y compran. El productor que quiera cobrar precios mayores que la competencia será castigado por los consumidores, será desplazado del mercado, o tendrá que aceptar espacios reducidos de mercado para su producción.
Para incrementar las oportunidades y las utilidades, el camino real no es otro que el de aumentar la eficiencia y hacerse más competitivos. Así, el mercado termina fijando para cada producto y activo económico, un precio "normal". Tal es la concepción que predomina entre los economistas, y corresponde con importante aproximación a lo que ocurre en el mercado convencional.

Hay otro enfoque –que llamaremos eticista- que considera que el mercado así constituido es injusto, castiga siempre a los más pobres, favorece siempre al poseedor del dinero y el capital mientras perjudica constantemente a los trabajadores y a los consumidores. Por ello se sostiene la necesidad de introducir la ética en la fijación de los precios, de modo que puedan llegar a ser justos, enmarcados en un comercio solidario. Para llegar a determinar tales "precios justos", se enumeran diferentes criterios y normas que deben considerarse,
tales como los costos de producción, la necesidad de ingresos dignos, la importancia de crear estímulos que favorezcan a los más débiles, etc.

Diremos que, así como en el enfoque "economicista" es consistentemente racionalista, el enfoque "eticista" es marcadamente voluntarista. El primero exagera el carácter "objetivo" de los procesos económicos, mientras el segundo acentúa en demasía el carácter "subjetivo" de los comportamientos y relaciones económicas. El enfoque economicista considera que el precio es algo inherente al producto mismo, que tiene un "valor de mercado". El enfoque eticista piensa que el precio del producto puede ser modificado por decisión del sujeto que fija el precio.

El propósito de estas reflexiones es avanzar hacia un tercer enfoque del problema, a la vez rigurosamente científico y consistentemente ético, que enmarcamos en la perspectiva de la teoría que fundamenta la propuesta de una economía de solidaridad. La brevedad del espacio disponible para este artículo nos obliga a limitarnos a pocos pero importantes aspectos del problema.

Diremos que lo característico de este enfoque (que llamamos "teoría económica comprensiva"), es considerar la economía como procesos socialmente construidos, y el mercado como un sistema de relaciones sociales en que los participantes toman decisiones no solamente pensando en su interés egoísta sino también atendiendo a sus concepciones éticas, a sus valores, a sus aprendizajes sociales, a sus opciones culturales y espirituales, etc. El mercado coordina las decisiones de sujetos complejos que se comportan de variadas maneras, y donde pueden coexistir diversas racionalidades y múltiples opciones voluntariamente asumidas.

Según nuestro enfoque teórico los precios no son algo inherente al producto, ni tampoco pueden ser modificados por voluntad de un sujeto que los fije. Más bien, los precios se forman en una relación entre sujetos, el vendedor y el comprador, el productor y el consumidor, de modo que el precio queda establecido en el momento en que ambos sujetos participantes en una relación de intercambio, llegan a un acuerdo y toman simultáneamente las decisiones de comprar y de vender, en un precio que ambos aceptan. Si uno de los sujetos no acepta el precio que el otro exige, simplemente no se verifica la compra-venta, y el bien o servicio no asume un precio definido.

Lo normal es que los productores (que venden) aspiren a precios más altos, y los consumidores (que compran) deseen precios más bajos. Pero siendo necesario que ambos coincidan en una cifra para que la compra-venta se realice, sucederá que la cantidad de transacciones dependerá de la cantidad de veces en que las partes alcancen el acuerdo. Si los vendedores insisten en precios mayores a los que quieren los compradores, habrá menos ventas; al contrario, las ventas aumentarán cuando los productores estén dispuestos a aceptar precios menores.

Por cierto, esta es otra versión de la antigua "ley" de la oferta y demanda; sólo que ya no podemos hablar de "ley" sino solamente de una tendencia estadística que resulta del predominio de ciertos comportamientos y opciones libres de los sujetos que participan en la economía. Y siendo una versión que incorpora al análisis las decisiones de los sujetos que participan en el intercambio –decisiones que los sujetos toman según sus propios valores, convicciones y maneras de pensar, de sentir y de comportarse - nos ayudará a comprender el significado de lo que pueda ser el "precio justo", respecto al cual la teoría económica convencional no tiene nada que decir. En el marco, pues, de este modo de concebir la economía y los precios, ¿qué podemos decir respecto a lo que sea un "precio justo"?

Partamos de un hecho racional que la práctica del movimiento de Comercio Justo corrobora ampliamente. Simplifiquemos algo el problema, diciendo que un precio "ético" o justo debiera favorecer al sujeto más débil, o al más pobre. De este modo, la aplicación del criterio ético en la determinación de los precios, tenderá normalmente a elevar los precios de los bienes y servicios producidos por los trabajadores y productores pequeños y más pobres, así como a bajar los precios de los bienes y servicios que compran y necesitan los consumidores pobres o de menores ingresos. En efecto, el precio "justo" para un producto producido por un taller popular debiera ser suficientemente alto como para permitir que los ingresos de esos trabajadores les permitan una vida digna; al revés, el precio "justo" para un consumidor popular debiera ser suficientemente bajo como para permitirle el acceso a bienes y servicios de una vida digna.

Es claro que, en tales circunstancias, o sea en el contexto en que se quieran aplicar estos criterios éticos a los precios, los productores "pobres" difícilmente podrán producir bienes y servicios que compren y utilicen los consumidores "pobres". Es difícil que las partes lleguen a ponerse de acuerdo en un precio considerado "justo" por ambos, de modo que rara vez se verificará la decisión simultánea de comprar y de vender.

¿Dónde encontrar consumidores dispuestos a pagar más que los precios "normales" de mercado? En principio, podemos esperar que sea entre los consumidores "ricos", o que al menos tengan sus necesidades fundamentales satisfechas e ingresos relativamente elevados. Y ¿dónde encontrar productores dispuestos a aceptar por sus productos precios menores a los que pueden vender en el mercado? En general, ello podrían hacerlo solamente productores "ricos", o que tengan relativamente elevadas utilidades.

Pero no basta que los consumidores sean "ricos" para que decidan comprar a precios "justos". La cantidad de operaciones de compra-ventas será proporcional a la ética, esto es, a la solidaridad que se logre integrar en las relaciones comerciales y de intercambio.

Para comprar a precio "justo" los bienes y servicios producidos en la economía popular, los compradores deberán integrar a su decisión de compra los criterios éticos que les motiven a pagar un precio mayor al que encuentran como alternativa en el mercado. Al revés, para que los consumidores "pobres" accedan a los bienes y servicios que necesitan, los productores tendrán que integrar a su decisión de venta los criterios éticos que los lleven a aceptar por sus productos un precio menor al que pueden vender en el mercado.

Nos limitaremos en lo sucesivo a analizar el tema del precio "justo" para los productos generados por productores pobres, que es el ámbito principal de operación del movimiento conocido como Comercio Justo. Para operar, éste se esfuerza en vincular solidariamente a los productores pobres con los consumidores "ricos". El problema es que los "pobres" y los "ricos" están lejos unos de otros, no sólo socialmente sino también culturalmente y geográficamente. Poner en contactos ambos "mundos" exige una importante actividad de intermediación comercial, que lleve y coloque la producción proveniente de los productores "pobres" al alcance de los consumidores "ricos". Es lo que hacen –hay que reconocer que éste es su significado económico esencial- las entidades que participan en el movimiento del Comercio Justo, con sus instancias, cadenas y redes de intermediación solidaria.

En base a lo señalado, diremos que no hay para un producto cualquiera un precio "justo" determinable mediante una decisión particular. Habría que hablar más bien de un precio "solidario", que estará dado por la diferencia (a favor de la parte más débil o pobre de la relación) entre el precio normal de mercado y el precio en que se realice la transacción. Una diferencia mayor será resultado y expresión de una mayor solidaridad. En efecto, mientras más solidario un comprador, más estará dispuesto a pagar un precio mayor para favorecer a un productor "pobre"; y viceversa.

Ahora bien, difícilmente los precios podrían fijarse caso a caso, en cada compra-venta, siendo en cambio necesario fijar un precio de referencia en el marco de una determinada red o circuito de Comercio Justo. Es aquí que entra en juego un elemento que es esencial considerar.

Alguien podría pensar que hay que establecer precios que sean los máximos posibles, o sea precios altamente solidarios, que beneficien al máximo a los productores pobres. El problema es que, en tales condiciones, será necesario encontrar compradores muy solidarios para que los productos se vendan. Tales consumidores o compradores tan solidarios no son abundantes, por lo que habrá, en consecuencia, un volumen de transacciones éticas bastante reducidas. Esto, por cierto, no beneficiará a los productores pobres, que tienen necesidad de incrementar sus ingresos más que de aumentar la ganancia que obtengan por cada producto vendido.

Si los precios establecidos en el circuito solidario se alejan demasiado de los precios de mercado, habrá pocas ventas y reducido beneficio para los productores pobres. Si los precios se acercan demasiado a los del mercado "normal", habrá más ventas, pero escasa ganancia por unidad de producto, lo que llevaría a exigir a los productores pobres un ritmo de trabajo excesivo. La conclusión es, pues, que con el criterio de maximizar el beneficio que obtengan los productores pobres en los circuitos del Comercio Justo, los precios "éticos" han de ser aquellos que maximicen sus ingresos, en relación a un nivel de producción potencial que corresponda a una jornada laboral digna.

El camino real para mejorar los ingresos y beneficios de los productores pobres será un proceso de incremento progresivo de la solidaridad que pueda integrarse en los circuitos de la economía solidaria y del comercio justo. Aquí es donde entran en juego los esfuerzos de las instituciones de intermediación comercial.

No sin intención afirmamos que la distancia entre ambos "mundos" es social, cultural y geográfica. En efecto, "poner en contacto" ambos mundos –ponerlos comercialmente en contacto, para que se produzca la compra-venta a precio "solidario"- requiere una actividad de puente (o sea de intermediación) que es a la vez social, cultural y geográfica.
La dimensión cultural es más importante de lo que habitualmente se piensa: hay que generar un mutuo conocimiento, hay que motivar simpatías recíprocas, hay que crear vínculos de solidaridad.

Ello puede lograrse de múltiples formas, y en el perfeccionamiento de este mercado solidario pueden participar todos los sectores involucrados. Los mismos productores pobres, que pueden esforzarse en ampliar la producción y la calidad de lo que ofrecen. Algo esencial, en este sentido, es que los productores "pobres" comprendan lo que quieren los consumidores "ricos" y se esfuercen por producir lo que estos desean. A su vez los consumidores "ricos" pueden aprender a valorar el trabajo de los productores "pobres" y las condiciones en que producen. Ambos aspectos, recíprocamente potenciados, es parte relevante de lo que podemos entender como vínculos económicos de solidaridad, que se manifiestan en la relación comercial entre los dos componentes de la relación comercial.

Finalmente, las entidades de intermediación pueden facilitar mucho el proceso, operando con la máxima eficiencia posible. La intermediación comercial tiene costos, que pueden ser mayores o menores en relación a los resultados de su actividad. La solidaridad efectiva de estas entidades de intermediación se demuestra en la eficiencia con que operen, en función del objetivo de maximizar el beneficio real que obtengan los productores pobres. Ello, como hemos visto, es resultado no solamente de un trabajo comercial riguroso, sino también y fundamentalmente de su capacidad de incorporar la mayor y mejor solidaridad posible en los circuitos comerciales solidarios y en el operar de todos sus participantes: productores, consumidores e intermediarios.

[Luis Razeto Migliaro es Director de Postgrados de la Universidad Bolivariana de Chile. Integra el Directorio de la Fundación Solidaridad. Dirige el Magíster en Economía Solidaria y Desarrollo Sustentable (que se ofrece en modalidad e-learning, con la participación conjunta de la Universidad Bolivariana de Chile y UVIRTUAL.NET Educación Universitaria. (www.uvirtual.net) ]


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(traduzione di Fabio Benincasa)

CONTRIBUTI A UNA RIFLESSIONE SUL “GIUSTO PREZZO”.

C’è un approccio – che chiameremo economicista – che sostiene che i prezzi dei beni e dei servizi, così come quelli dei fattori di produzione, sono fissati dal mercato in forma automatica, indipendentemente dalla volontà delle persone, in base a leggi oggettive tra le quali sono determinanti quelle della domanda e dell’offerta, dell’efficienza e della concorrenza. Produttori, consumatori, commercianti, intermediari, cercano tutti di massimizzare il proprio utile e, di conseguenza, il mercato nel quale agiscono tutti pone a ciascuno limiti alle ambizioni e alle possibilità di beneficiare di prezzi maggiori o minori per ciò che vendono e comprano (beni, lavoro, denaro).
Il produttore che domandasse prezzi superiori a quelli della concorrenza sarebbe punito dai consumatori, o dovrebbe accettare spazi ridotti di mercato per i suoi prodotti. Per incrementare le opportunità e gli utili, il percorso reale è unicamente quello di aumentare l’efficienza e rendersi più competitivi. Così il mercato finisce per fissare per ogni prodotto e attività economica un prezzo “normale”. Questa è la concezione che predomina tra gli economisti e corrisponde con importante approssimazione a quello che succede nel mercato convenzionale.

Esiste un altro approccio – che chiameremo etico – che considera che il mercato così costituito è ingiusto, punisce sempre i più poveri, favorisce sempre il possessore di denaro e capitale mentre pregiudica costantemente i lavoratori e i consumatori. Per questo si sostiene la necessità di introdurre l’etica nella fissazione dei prezzi, in modo che possano arrivare a essere giusti, ricompresi in un mercato solidale. Per arrivare a determinare questi “giusti prezzi”, si enumerano differenti criteri e norme che dovrebbero considerarsi tali, come i costi di produzione, la necessità di entrate dignitose, l’importanza di creare stimoli che favoriscano i più deboli, etc.

Diremo che così come l’approccio “economicista” è fortemente razionalista, l’approccio “etico” è marcatamente volontarista. Il primo sovrastima il carattere “oggettivo” dei processi economici, mentre il secondo accentua eccessivamente il carattere “soggettivo” dei comportamenti e delle relazioni economiche. L’approccio economicista ritiene che il prezzo sia qualcosa di inerente al prodotto stesso, che ha un “valore di mercato”. L’approccio etico pensa che il prezzo del prodotto possa essere modificato per volontà dei soggetti che fissano il prezzo.

Lo scopo di queste riflessioni è di progredire verso un terzo approccio al problema, al tempo stesso rigorosamente scientifico e fortemente etico, che ricomprenderemo nella prospettiva della teoria che propone la fondazione di un’economia di solidarietà. La brevità dello spazio disponibile per questo articolo ci obbliga a limitarci a pochi ma interessanti aspetti del problema.

Diremo che la caratteristica di questo approccio (che chiamiamo “teoria economica comprensiva) è quello di considerare l’economia come un processo socialmente costruito e il mercato come un sistema di relazioni sociali nel quale i partecipanti prendono decisioni non solamente sulla base dei loro interessi egoistici, ma anche secondo le proprie concezioni etiche, valori, esperienze sociali, opzioni culturali e spirituali, etc. Il mercato coordina le decisioni di soggetti complessi che si comportano in maniere differenti e all’interno di esso possono coesistere diversi tipi di razionalità e molte opzioni assunte volontariamente.

Secondo il nostro approccio teorico i prezzi non sono qualcosa di inerente al prodotto, e neppure possono essere modificati per volontà di un soggetto che li fissa. I prezzi si formano in una relazione fra i soggetti, il venditore e il compratore, il produttore e il consumatore, in modo che il prezzo sia stabilito nel momento in cui entrambi i soggetti partecipanti a una relazione di interscambio arrivano a un accordo e prendono simultaneamente le decisioni di comprare e vendere a un prezzo concordato. Se uno dei soggetti non accetta il prezzo che l’altro esige, semplicemente non si verifica la compravendita e il bene o servizio non assume un prezzo definito.

La norma è che i produttori (che vendono) aspirano a ottenere prezzi più alti e i consumatori (che comprano) desiderano prezzi più bassi. Ma essendo necessario che entrambi si accordino su una cifra perché si realizzi la compravendita, succederà che la quantità di transazioni dipenderà dalla quantità di volte in cui le parti raggiungono un accordo. Se i venditori insistono per prezzi maggiori di quelli che vogliono i compratori, ci saranno meno vendite; al contrario, le vendite aumenteranno quando i produttori saranno disposti ad accettare prezzi minori.

Sicuramente questa è un’altra versione della vecchia “legge” della domanda e dell’offerta; solo che non possiamo parlare di “legge” ma solamente di una tendenza statistica che risulta dal predominio di certi comportamenti e opzioni libere dei soggetti che partecipano nell’economia. Essendo una versione che incorpora nell’analisi le decisioni dei soggetti che partecipano all’interscambio – decisioni che i soggetti prendono secondo i propri valori, convinzioni e maniera di pensare, di sentire e di comportarsi – ci aiuterà a comprendere il significato di quello che potrebbe essere il “prezzo giusto”, cosa rispetto alla quale la teoria economica convenzionale non ha nulla da dire. Nel quadro di questo modo di concepire l’economia e i prezzi possiamo dire rispetto a cosa un prezzo sarebbe “giusto”?

Partiamo dal fatto razionale che la pratica del movimento del Giusto Commercio corrobora ampliamente. Semplifichiamo un po’ il problema dicendo che un prezzo “etico” o giusto dovrebbe favorire il soggetto più debole o il più povero. In questo modo l’applicazione del criterio etico nella determinazione dei prezzi tenderà normalmente a elevare i prezzi dei beni e servizi prodotti dai lavoratori e dai produttori più piccoli e poveri, così come a ribassare i prezzi dei beni e servizi necessari ai consumatori poveri o con minori entrate. In effetti il prezzo giusto per un bene prodotto da una piccola cooperativa dovrà essere sufficientemente alto da permettere che i guadagni dei lavoratori concedano loro una vita dignitosa; allo stesso tempo il prezzo “giusto” per un consumatore popolare dovrà essere sufficientemente basso da permettergli di accedere ai beni e ai servizi necessari per una vita dignitosa.

E’ chiaro che, in tali circostanze, ossia nel contesto nel quale si vogliano applicare questi criteri etici ai prezzi, i produttori “poveri” difficilmente potrebbero produrre beni e servizi che comprano e utilizzano i consumatori poveri. E’ difficile che le parti arrivino a un accordo su un prezzo considerato “giusto” da ambo le parti, in modo che raramente si verificherà la decisione simultanea di comprare e vendere.

Allora dove si troveranno consumatori disposti a pagare più del prezzo “normale” di mercato? All’inizio possiamo sperare che sia fra i consumatori “ricchi” o che almeno abbiano soddisfatto i loro bisogni fondamentali e dispongano di entrate relativamente alte. E dove si troveranno produttori disposti ad accettare per i loro prodotti prezzi più bassi di quelli che si possono ottenere sul mercato? In generale potrebbero farlo solo i produttori “ricchi” che abbiano utili sufficientemente elevati.

Tuttavia non basta che i consumatori siano “ricchi” perché decidano di comprare a prezzi “giusti”. La quantità di operazioni compravendita sarà proporzionale all’etica, alla solidarietà che si otterrà nelle relazioni commerciali e di interscambio.

Per comprare a un prezzo “giusto” i beni e i servizi prodotti nell’economia popolare, i compratori dovranno integrare le loro decisioni di acquisto con criteri etici che li motivino a pagare un prezzo maggiore a quello che trovano in alternativa sul mercato. D’altra parte, perché i consumatori “poveri” accedano ai beni e servizi dei quali necessitano, i produttori dovranno integrare le loro decisioni di vendita con criteri etici che li portino ad accettare per i loro prodotti un prezzo minore di quello al quale potrebbero vendere sul mercato.

Ci limiteremo più avanti ad analizzare il tema del prezzo “giusto” per i beni prodotti da produttori poveri che è l’ambito principale di operazioni del movimento conosciuto come “Commercio equo e solidale”. Per operare ci si sforza di vincolare alla solidarietà i produttori poveri con i consumatori “ricchi”. Il problema è che i “poveri” e i “ricchi” sono lontani gli uni dagli altri, non solo socialmente, ma anche culturalmente e geograficamente. Porre in contatto due “mondi” esige un’importante attività di intermediazione commerciale che arrivi rendere la produzione dei produttori “poveri” raggiungibile per i consumatori “ricchi”. E’ ciò che fanno – bisogna riconoscere che questo è il significato economico essenziale – le entità che partecipano al movimento del Commercio Giusto, con le loro istanze, catene e reti di intermediazione solidale.

In base a ciò, diremo che non esiste per un prodotto qualcosa come un prezzo “giusto”, determinabile mediante una decisione specifica. Si dovrebbe parlare meglio di un prezzo “solidale” che sarà dato dalla differenza (a favore del più debole o povero) fra il prezzo normale di mercato e il prezzo al quale si realizza la transazione. Una differenza maggiore sarà il risultato e l’espressione di una maggior solidarietà. In effetti, più un compratore è solidale e più sarà disposto a pagare un prezzo maggiore per favorire un produttore “povero” e viceversa.

In ogni caso, difficilmente i prezzi potranno fissarsi caso per caso, in ciascuna compravendita, essendo al contrario necessario fissare un prezzo di riferimento nel quadro di una determinata rete o circuito di Commercio Giusto. E’ qui che entra in gioco un elemento essenziale da considerare.

Qualcuno potrebbe pensare che ci sia da stabilire prezzi che siano i più alti possibili, ovvero prezzi talmente solidali che beneficino al massimo i produttori poveri. Il problema è che, in tali condizioni, sarà necessario trovare compratori molto solidali perché i prodotti si vendano. Consumatori o compratori così solidali non sono abbondanti, per cui, di conseguenza, ci sarà un volume di transazioni etiche abbastanza ridotto. Questo sicuramente non andrà a vantaggio dei produttori poveri che invece devono incrementare le loro entrate e non aumentare il guadagno per ogni singolo prodotto venduto.

Se i prezzi stabiliti nel circuito solidale si allontanano troppo dai prezzi di mercato ci saranno poche vendite e un ridotto beneficio per i produttori poveri. Se i prezzi si avvicinano troppo a quelli del mercato “normale”, ci saranno più vendite, però con bassi guadagni per unità di prodotto, il che obbligherà i produttori poveri a ritmi di lavoro eccessivi. La conclusione è che con il criterio di massimizzare il beneficio per i produttori poveri nel circuito del Commercio Giusto, i prezzi “etici” devono essere quelli che massimizzino le loro entrate, in relazione a un livello di produzione potenziale che corrisponda a una giornata di lavoro dignitosa.

La via principale per aumentare le entrate e i benefici dei produttori sarà un processo di incremento progressivo della solidarietà che possa integrarsi nei circuiti dell’economia solidale e del commercio giusto. Qui è dove entrano in gioco gli sforzi delle istituzioni di intermediazione commerciale.

Non è per caso che affermiamo che la distanza tra i due “mondi” è sociale, culturale e geografica. In effetti “mettere in contatto” i due mondi – porli commercialmente in contatto, perché si produca una compravendita a prezzo “solidale” – richiede un’attività di ponte (cioè di intermediazione) che è al tempo stesso sociale, culturale e geografica. La dimensione culturale è più importante di quel che abitualmente si pensi: bisogna generare una mutua conoscenza, bisogna motivare una simpatia reciproca, bisogna creare vincoli di solidarietà.

Ciò può conseguirsi in molte forme e al perfezionamento di questo mercato solidale possono partecipare tutti i settori coinvolti. Gli stessi produttori poveri possono sforzarsi di ampliare la produzione e la qualità di ciò che offrono. E’ essenziale in questo senso che i produttori “poveri” comprendano ciò che vogliono i consumatori “ricchi” e si sforzino di produrre ciò che questi desiderano. A loro volta i consumatori “ricchi” possono imparare ad apprezzare il lavoro dei produttori “poveri” e le condizioni nelle quali questi producono. Entrambi gli aspetti, reciprocamente potenziati, sono parte rilevante di ciò che intendiamo come vincoli economici di solidarietà, che si manifestano nelle relazioni commerciali tra le due componenti della relazione commerciale.

Infine gli enti di intermediazione possono facilitare molto il processo, operando con la massima efficienza possibile. L’intermediazione commerciale ha costi che possono essere maggiori o minori in relazione ai risultati della stessa attività. La solidarietà effettiva di queste entità di intermediazione si dimostra nell’efficienza con la quale operano in funzione dell’obiettivo di massimizzare il beneficio reale che ottengono i produttori poveri. Quest’ultimo, come abbiamo visto, è il risultato non solamente di un lavoro commerciale rigoroso, ma anche e fondamentalmente della capacità di incorporare la maggiore e migliore solidarietà possibile nei circuiti commerciali di solidarietà e nell’agire di tutti i suoi partecipati: produttori, consumatori e intermediari.




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